lunes, noviembre 07, 2005

Una vergüenza

Kroke, grupo genial, toca en Valladolid el viernes 11 de noviembre. El concierto tendrá lugar en la Sala Ambigú. De la (des) organización se encarga la Fundación Municipal de Cultura, dependiente del consistorio vallisoletano. Uno llama para saber cómo conseguir una entrada y le informan: puede usted reservarla telefónicamente. ¡Qué maravilla, qué eficacia! Le dan incluso la fila y el número de asiento. La sorpresa llega cuando se acude en busca de la reserva: no hay entradas. Todas las reservas han quedado anuladas. ¿Y eso?, se pregunta uno extrañado. La explicación: "Se habían hecho tantas reservas que quedaban muy pocas entradas para poner a la venta. La cola era grande. Los ánimos de la gente estaban calientes. Y una responsable, María Jesús Pérez, decidió anular todas las reservas y poner todas las localidades a la venta". Es decir, los más previsores, los que habían reservado telefónicamente, se quedaron sin entradas para no aguantar los improperios de los que aguardaban en la cola. "Es que resulta más fácil aguantar a uno por teléfono que a 40 en persona", argumentan. "Es que hay gente que reserva y luego no va a por la entrada", añaden.

Digo yo: ¿tan difícil es dar un plazo para adquirir las entradas reservadas, poniendo a la venta las que no han sido retiradas? ¿Por qué se premia a los que montan el pollo? ¿Tenemos que recurrir al ejemplo parisino-francés para que nos tengan en cuenta?